Cómo evitar dar consejos que nadie pidió (incluidas mis hijas)

Silueta de un padre escuchando a dos hijas en un salón al atardecer

Hay una habilidad que sigo entrenando cada día: aprender a callar a tiempo.

No me refiero a tragarme las cosas importantes, sino a algo más cotidiano: no soltar consejos que nadie ha pedido.
Ni en el trabajo, ni con los amigos, ni —sobre todo— en casa, con mis hijas.

En el post sobre Papá: AP-AP (Aporta o Aparta) hablaba de la grada y del riesgo de estorbar más que ayudar.
Este texto es una especie de continuación, pero llevado a la vida diaria: whatsapp, sobremesas, pasillos, sofá, cocina.

Por qué tenemos tantas ganas de opinar

No conozco a muchos padres y madres que se levanten pensando: “Hoy voy a agobiar a mis hijos con mis consejos”.
Y, sin embargo, pasa.

Si rasco un poco en mis propias reacciones, suelo encontrar tres motivos:

  • Miedo: a que sufran, a que se equivoquen, a que pierdan una oportunidad.
  • Ego: la tentación de demostrar que “yo ya he pasado por ahí” y sé cómo se hace.
  • Impaciencia: quiero que lleguen al aprendizaje… pero quiero que lleguen rápido.

La mezcla es explosiva: en cuanto detecto un problema, mi cabeza ya está preparando la receta completa:
qué pasó, qué haría yo, qué debería hacer ella, qué habría que evitar...

La cuestión es sencilla y, a la vez, incómoda:
muchas veces no buscan soluciones, solo necesitan ser escuchadas.

Detectar la señal de «nadie te ha pedido esto»

Hay una frase que me sirve como alerta interna, aunque no siempre llegue a tiempo:
“Albert, aquí estás hablando para tranquilizarte tú, no para ayudarles a ellas”.

Cuando reviso mentalmente las situaciones donde me paso de consejos, suelen tener algo en común:

  • Empiezan con un “Yo a tu edad…”
  • Incluyen un “Lo que tendrías que hacer es…”
  • Terminan con un mini-monólogo donde ellas apenas han intervenido.

No es que esté prohibido compartir experiencia; el problema es el timing y el formato.
Si no hay espacio para que ellas piensen, mi mensaje se convierte en ruido, aunque tenga buena intención.

Un pequeño sistema antes de abrir la boca

Como me conozco, he necesitado algo más que buena voluntad.
Uso una especie de mini-checklist mental antes de lanzarme a opinar. No siempre me da tiempo, pero cuando lo hago, se nota.

Las tres preguntas son:

  1. ¿Me lo han pedido?
    Si la respuesta es no, probablemente no hace falta soltar la masterclass.
  2. ¿Para quién es esto: para ellas o para mí?
    Si el objetivo es calmar mi miedo, mejor gestionar primero mi miedo.
  3. ¿Puede esperar?
    A veces, dejar pasar unas horas cambia por completo la forma de decir las cosas (o demuestra que ya no hace falta decir nada).

No es un sistema perfecto, pero me ayuda a frenar.
Y solo frenar ya cambia mucho la conversación.

Alternativas al consejo automático

Cuando consigo no reaccionar en modo “manual de instrucciones”, se abren otras opciones que funcionan mejor:

1. Preguntar antes de proponer

Algo tan simple como un:
“¿Quieres que te dé mi opinión o solo quieres que te escuche?”
puede cambiar por completo la escena.

A veces me dicen: “Solo quiero soltarlo”.
Otras veces sí quieren ideas concretas. Pero al preguntarles, les devuelvo el control de la conversación.

2. Contar mi experiencia como un ejemplo, no como un modelo

Cuando comparto algo que me pasó, intento hacerlo sin ese subtexto de “hazlo así porque funcionó conmigo”.
Más bien como: “Esto fue lo que yo aprendí, tú harás tu propio camino”.

El matiz importa: no es lo mismo prescribir que ofrecer una referencia.

3. Ofrecer disponibilidad explícita

Una frase que repito bastante en casa es:
“Si en algún momento te apetece que lo miremos juntos, avísame y lo vemos con calma”.

Eso deja la puerta abierta sin meter presión.
Y, curiosamente, cuanto menos insisto, más veces vuelven ellas al tema por iniciativa propia.

4. Aceptar los silencios (aunque a mí me incomoden)

El silencio después de una conversación delicada puede ser raro.
La tentación es rellenarlo con más palabras, más matices, más explicaciones.

Pero muchas veces lo que necesitan no es más información, sino tiempo para digerir.
Y ahí la mejor ayuda es no añadir más capas.

Cuando meto la pata (porque la seguiré metiendo)

Todo esto no es un método infalible.
Sigo dando consejos que no tocaban. Sigo hablando demasiado en conversaciones que pedían más escucha que discurso.

La diferencia es que ahora intento hacer algo que, de pequeño, no vi demasiado modelado:
pedir perdón con naturalidad.

Un “Me he pasado”, “No era el momento” o “Te he soltado medio sermón, perdona” relaja mucho el ambiente.
No borra lo dicho, pero demuestra que también yo estoy aprendiendo.

Esto no va solo de paternidad

Aunque aquí hablo de mis hijas, en realidad este tema atraviesa muchas capas de la vida:

  • Equipos que se sienten infantilizados porque siempre hay alguien “explicando cómo se hacen las cosas”.
  • Amistades que solo aparecen para dar soluciones rápidas a problemas complejos.
  • Redes sociales llenas de frases categóricas para vidas que no conocemos.

La disciplina de no dar consejos que nadie ha pedido tiene mucho que ver con el tipo de mundo que construimos:
más diálogo y menos discurso,
más escucha y menos manuales de uso.

Yo sigo probando, equivocándome y ajustando.
A veces aporto, a veces estorbo. Pero cada día tengo un poco más claro que el verdadero reto no es encontrar las palabras correctas, sino saber cuándo no hace falta decir nada.

Y ahí, curiosamente, es donde más se nota el cariño.

Albert López
Albert López
SEO, Content Marketing & LLMs (IA) Advisor

Desde 1998 vivo en la intersección entre tecnología, contenidos y búsqueda. He sido diseñador, programador, SEO y emprendedor en proyectos como Solostocks, Softonic, Uvinum y Drinks&Co.

Hoy soy socio y SEO Manager en Mindset Digital, donde impulso estrategias de SEO para LLMs y sigo explorando nuevas ideas y side projects. Siempre aprendiendo, siempre optimizando.

comments powered by Disqus

Relacionado