Celebrar sin excesos (y sin sentir culpa)

Me gusta celebrar. Y me gusta hacerlo bien.
No en el sentido de hacerlo grande, ni intenso, ni memorable a toda costa. Sino en el sentido de hacerlo en paz.
Sin pasarse. Y, sobre todo, sin tener que compensarlo después.
Celebrar no es desatar algo que luego hay que contener
Hay una forma de celebrar que parece una fuga.
Como si hubiera que aprovechar el momento porque mañana toca volver a apretarse. Como si el disfrute fuera una excepción que luego hay que pagar.
Esa lógica siempre me ha incomodado.
No porque no me guste la intensidad, sino porque no me gusta la resaca moral que viene después.
El problema no es el exceso, es la culpa
Con los años me he dado cuenta de que el problema no suele ser el exceso puntual.
El problema es lo que pasa en la cabeza después.
El “no debería”. El “me he pasado”. El “mañana me porto bien”.
Cuando el disfrute viene acompañado de culpa, deja de ser disfrute. Se convierte en una negociación interna bastante agotadora.
Celebrar como parte de la vida, no como escape
La forma de celebrar que me interesa no es la que rompe la semana, sino la que encaja en ella.
Una copa que no necesita otra detrás. Una comida larga sin urgencias. Una noche que termina cuando tiene que terminar.
No porque haya una norma, sino porque hay escucha.
El equilibrio no se impone, se aprende
Nadie te enseña a celebrar bien.
Aprendes a base de pasarte. Y de no pasarte. Y de escuchar cómo te sientes después.
El equilibrio no suele llegar por prohibición, sino por experiencia.
Por darte cuenta de que hay placeres que se disfrutan más cuando no los estiras hasta el límite.
Equilibrio no siempre es frenar
Dicho todo esto, tampoco quiero engañarme.
Muchas veces el equilibrio al que aspiro no es el que practico.
Hay celebraciones que vivo más a fondo, no porque no sepa frenar, sino porque decido no hacerlo.
Y luego compenso. Hago más ejercicio. Bebo más agua. Bajo una marcha los días siguientes.
No como castigo, sino como ajuste.
Quizá mi equilibrio no es lineal. Es más bien pendular.
Disfrutar sin justificarte
Hay algo muy liberador en disfrutar sin tener que explicarlo.
Sin convertirlo en premio. Sin venderlo como excepción. Sin prometer que mañana serás mejor.
Celebrar sin excesos no es vivir a medio gas. Es vivir con continuidad.
Un brindis que no necesita discurso
Quizá por eso cada vez me gustan más las celebraciones pequeñas.
Las que no necesitan motivo. Las que no se alargan por inercia. Las que no dejan sensación de deuda.
Un brindis sencillo. O uno que se alarga más de lo previsto.
Una risa compartida. Y, al día siguiente, un poco más de agua, algo de movimiento y ninguna culpa.
