Aprender a perder sin romperse

He perdido muchos partidos.
Como jugador.
Como entrenador.
Y ahora, desde la grada, como padre de dos jugadoras.
En más de veinte años de oficio, también he perdido fuera de la pista.
Y si algo me han enseñado todas esas derrotas, es esto:
saber perder no consiste en que no duela.
Consiste en que la derrota no decida por ti.
Ni quién eres.
Ni todo lo que tienes que cambiar.
Enseñamos a ganar. A perder se aprende solo (o no se aprende)
Dedicamos muchísimo esfuerzo a preparar la victoria.
Entrenamientos, sistemas, estrategias, planes, objetivos.
A perder, en cambio, casi nadie nos enseña.
Y es curioso, porque perder es bastante más frecuente que ganar.
En una liga solo hay un campeón. Todos los demás terminan la temporada habiéndose quedado por el camino. E incluso el campeón pierde partidos.
En el trabajo pasa lo mismo, aunque se note menos: por cada propuesta que sale adelante, suele haber unas cuantas que no.
Así que, si lo pienso bien, perder no es la excepción.
Es la parte más habitual del juego.
Y aun así, cada derrota nos pilla un poco desprevenidos.
He aprendido a perder cuatro veces
No de golpe.
Y tampoco del todo.
Cada papel me ha enseñado algo distinto.
Como jugador: la derrota era mía
Mis primeros años de baloncesto fueron en categoría mini, después de haber probado un año el balonmano.
Recuerdo un partido contra la Penya (la misma en la que, muchos años después, ha jugado Laia).
Perdimos marcando dos puntos.
Dos.
Fue muy duro. No solo por el marcador, sino por lo que dejaba a la vista: la diferencia de nivel era enorme. Ellos llevaban años jugando y entrenando. Tenían una coordinación, un ritmo y unos conceptos que nosotros todavía no teníamos.
Cuando eres pequeño y pierdes así, la conclusión más fácil es también la peor:
«Esto no es para mí».
Pero aquel marcador no decía quiénes éramos.
Decía cuántos años de baloncesto llevaba cada equipo.
Lo primero habría sido un veredicto. Lo segundo era información.
Seguí jugando. Y años después acabé entrenando.
Como entrenador: la derrota era nuestra (y la responsabilidad, mía)
Cuando entrenas, pierdes a través de otras personas.
Ya no se trata solo de cómo te sientes tú. Se trata de qué haces con lo que siente tu equipo.
Recuerdo una media parte en categoría júnior, con el C.B. Sant Gabriel de Sant Adrià.
El vestuario estaba completamente abatido.
Posturas de derrota. Caras de no saber qué hacer ni por dónde tirar. La confianza, por los suelos.
Intenté recordarles de lo que éramos capaces. Lo que hacíamos en los entrenamientos. Lo que habíamos demostrado en otros partidos de esa misma temporada.
Éramos los mismos.
Lo que había cambiado eran las circunstancias de aquel día: nuestros fallos, la falta de concentración y el acierto del rival nos estaban hundiendo.
No bastó para ganar.
Pero le dimos la vuelta a la dinámica. Perdimos y, aun así, salimos de aquel partido con una sensación positiva: nos creímos capaces de mucho más. Y nos lo guardamos para la próxima vez que apareciera ese abatimiento.
Visto ahora, aquella charla intentaba separar dos cosas que una derrota tiende a mezclar: lo que nos estaba pasando ese día y lo que creíamos que éramos.
Un entrenador puede tomar buenas decisiones y perder. Y puede equivocarse y ganar. El marcador no distingue entre una cosa y la otra.
Probablemente sea una de las lecciones más útiles que me ha dado el baloncesto: no confundir la calidad de una decisión con su resultado.
Como padre: la derrota es suya (y me duele a mí)
Este es, probablemente, el papel más difícil.
Porque pierdes sin haber jugado.
Ves a Alba o a Laia salir de la pista después de una derrota y te gustaría hacer algo. Lo que sea.
Explicar. Consolar. Corregir. Encontrar al culpable. Arreglarlo.
Y casi nunca es eso lo que necesitan.
Además, no todas las derrotas son iguales. Ellas las han vivido de todo tipo, y cada una pide una reacción distinta.
No es lo mismo haber hecho un buen partido —buena actitud, peleando cada balón y cada jugada, en defensa y en ataque— y perder por la falta de compromiso y de actitud del resto del grupo, que perder un partido en el que fallan todas o en el que el rival, sencillamente, es superior.
En el primer caso, la información dice: «yo he hecho mi parte». En el segundo: «hoy no nos ha salido» o «hoy eran mejores».
Lo que comparten las dos es lo que más me importa: siguen aprendiendo a caerse cien veces y a levantarse ciento una.
Ya escribí sobre el viaje en coche después del partido y sobre por qué, a veces, lo mejor que puede hacer un adulto es no llenar el silencio. Aquí me interesa otra cosa: lo que esa derrota me remueve a mí.
Porque una parte del dolor del padre en la grada no es por ellas.
Es por nosotros.
Por las expectativas que hemos puesto. Por las comparaciones que no decimos en voz alta. Por las ganas de que les vaya bien, que a veces se parecen demasiado a las ganas de que nos vaya bien a nosotros.
Aprender a perder como padre es, sobre todo, aprender a no apropiarte de una derrota que no es tuya.
Como profesional: perder con el marcador a favor
En el trabajo también se pierde.
Lo que pasa es que el marcador no siempre dice lo que parece.
En SEO hay derrotas que no dependen solo de lo que tú haces: una actualización del algoritmo, un cambio en cómo se presentan los resultados, una respuesta generada por IA que se queda con el clic que antes llegaba a tu web.
Pero la derrota profesional más reciente que he vivido en la agencia fue de otro tipo.
Un cliente del sector turístico. Algo más de seis meses de trabajo.
Habíamos invertido una tendencia negativa en su tráfico orgánico. Habíamos empezado a conseguir menciones y citas en los principales modelos de lenguaje. Y el sistema de trabajo funcionaba: mes a mes, cada métrica mejoraba un poco más.
Y, aun así, decidieron no continuar.
Perdimos con el marcador a favor.
No lo doy del todo por perdido. Creo que puede ser una pausa y que, cuando comprueben que todo estaba funcionando y valoren el servicio recibido, quizá decidan volver.
Pero es justo el tipo de derrota que más cuesta leer.
La tentación es cambiarlo todo: el enfoque, la propuesta, la forma de contar los resultados. Quizá haya algo que ajustar. Pero leer esta derrota como una prueba de que el método no funcionaba sería un error. Los datos dicen lo contrario.
Por eso el trabajo me ha obligado a mirar las derrotas con más frialdad que el deporte. No porque duelan menos, sino porque leer mal una derrota sale caro: te lleva a cambiar lo que funcionaba o a mantener lo que ya no sirve.
Lo que una derrota mezcla
Si junto lo que me han enseñado esos cuatro papeles, llego a una idea bastante sencilla.
Una derrota mezcla tres cosas que conviene separar.
El dolor
Perder duele. Y está bien que duela.
El dolor es la prueba de que te importaba.
No me interesa una forma de «saber perder» que consista en que todo dé igual. Eso no es saber perder.
Es haber dejado de jugar.
El dolor no hay que analizarlo.
Hay que dejarle su tiempo.
La información
Toda derrota trae algo de información. A veces mucha. A veces muy poca.
La información responde a preguntas como estas:
¿Qué dependía de mí?
¿Qué decisión volvería a tomar igual?
¿Qué cambiaría sabiendo solo lo que sabía en aquel momento?
Esa última pregunta es la importante.
Juzgar una decisión con la información que tenemos después es muy fácil.
Y bastante injusto.
Annie Duke, que fue jugadora profesional de póquer, le pone nombre a ese error: resulting, juzgar la calidad de una decisión por su resultado.
El veredicto
Y luego está la tercera cosa, la más peligrosa.
El veredicto.
Es la conclusión que sacamos sobre nosotros mismos:
«No valgo para esto».
«Siempre me pasa lo mismo».
«Ya está, se acabó».
El dolor es legítimo.
La información es útil.
El veredicto, casi siempre, es exagerado.
Y ahí es donde uno se rompe: no en la derrota, sino en lo que decide que la derrota significa.
Sobre la tentación de convertir los resultados en identidad ya escribí en Competir sin compararse. Solo añadiría que perder es justo el momento en que esa tentación aprieta más.
No todas las derrotas enseñan algo
Hay una frase que se repite mucho: «de las derrotas se aprende más que de las victorias».
A veces es verdad.
Otras veces, no.
Hay derrotas que traen información nueva: algo que no estabas viendo, un patrón que se repite, una debilidad que conviene trabajar.
Hay derrotas que solo confirman que a veces se pierde. Que el rival era mejor ese día. Que el balón no entró. Que el algoritmo cambió.
Y hay derrotas que, sin dejar de serlo, construyen algo. Como aquel partido del júnior.
Intentar extraer una gran lección de cada derrota tiene un riesgo: acabas cambiando cosas que funcionaban.
Hace unas semanas, al explicar cómo formo criterio, decía que un criterio sano debería ser estable pero revisable. Con las derrotas pasa algo parecido.
Ni cambiarlo todo después de perder un partido.
Ni ignorar la quinta derrota seguida por el mismo motivo.
La pregunta que intento hacerme es esta:
¿Esta derrota me dice algo que no sabía?
Si la respuesta es no, quizá lo único que toca es dolerse un rato y volver a entrenar.
Lo que intento hacer después de perder
No siempre lo consigo. Pero cuando lo consigo, se parece bastante a esto:
- No analizar en caliente. El análisis puede esperar a mañana. El veredicto, también.
- Separar decisión y resultado. ¿Fue una mala decisión o una buena decisión que salió mal?
- Quedarme con una lección, no con diez. Diez lecciones son una forma elegante de castigarse.
- Decidir qué no voy a cambiar. Después de perder, también conviene proteger lo que funciona.
- Volver a jugar pronto. La siguiente oportunidad pone la derrota en su sitio mejor que cualquier reflexión.
Perder sin romperse
Quizá por eso el título no es «aprender a perder», a secas.
Perder vamos a perder. Todos. Muchas veces.
Lo que sí se puede aprender es a que la derrota no se extienda más allá de su tamaño.
Que un mal partido sea un mal partido. No una temporada. No una identidad.
Que un cliente que se va sea un cliente que se va. No una sentencia sobre lo que vales.
Aquel niño que perdió marcando dos puntos siguió jugando.
Aquel vestuario hundido acabó creyéndose capaz de mucho más.
Y Alba y Laia siguen levantándose una vez más de las que caen.
Sigo sin saber perder del todo.
Pero distingo mejor que antes entre lo que me duele, lo que me enseña y lo que solo me estoy contando.
Y casi siempre, unos días después, hay otro entrenamiento.
Preguntas frecuentes sobre aprender a perder
- ¿Es buena idea dejar ganar a los niños para que no se frustren?
Con niños muy pequeños, ajustar la dificultad para que el juego sea divertido tiene sentido. Pero si siempre ganan, se pierden la oportunidad de practicar la derrota en un entorno seguro, que es justo donde mejor se aprende. Más que evitarles perder, creo que ayuda acompañarlo: dejar que les fastidie, no ridiculizar el enfado y volver a jugar otro día.
- ¿Se puede ser muy competitivo y saber perder?
Sí, y probablemente es la mejor combinación. La competitividad tiene que ver con lo que haces antes y durante: prepararte, esforzarte, querer ganar. Saber perder tiene que ver con lo que haces después. El problema no es querer ganar, sino necesitar ganar para sentir que vales.
- ¿Cómo se pierde bien cuando la derrota es pública en el trabajo?
Reconociéndola pronto y sin dramatismo: sin excusas, pero también sin autoflagelación pública. Ayuda separar dos conversaciones: la comunicación, que debería ser breve y clara, y el análisis, que merece más calma y suele funcionar mejor en privado. Y, si hay algo que cambiar, explicar qué se va a hacer distinto.
- ¿Sirve esta forma de ver la derrota para pérdidas que no son un partido ni un proyecto?
Solo en parte. Separar el dolor, la información y el veredicto puede ayudar a no castigarse de más, pero una pérdida personal importante —una persona, la salud, un trabajo que necesitabas— no se procesa con un método. Tiene sus propios tiempos y, a veces, necesita ayuda. No me gustaría que esta reflexión se leyera como una receta para todo.
