El coche como sala de ensayo

No fue algo planificado.
Como casi todo lo importante.
En algún punto de los viajes familiares —partidos, entrenos, escapadas cortas— el coche dejó de ser solo un medio de transporte.
Se convirtió en otra cosa.
En un espacio compartido.
En un lugar donde pasan cosas.
Música en movimiento
La música siempre ha estado ahí.
Pero ahora ocupa un lugar distinto.
Listas compartidas en Spotify.
Turnos de DJ improvisados.
Canciones que alguien pone “porque sí” y que otro descubre sin buscar.
Y, sobre todo, cantar.
Mal, bien, a medias.
Juntos.
El coche tiene algo especial:
no hay escenario, no hay juicio, no hay ensayo previo.
Solo presencia.
Escuchar antes de elegir
Con el tiempo me he dado cuenta de algo curioso.
En el coche, casi sin querer, se practica una habilidad poco habitual:
escuchar antes de decidir.
Escuchar lo que suena.
Escuchar lo que propone el otro.
Escuchar sin saltar de pista a los diez segundos.
No siempre te gusta todo.
No pasa nada.
A veces descubres algo nuevo.
Otras, simplemente respetas el turno.
Y en ese gesto pequeño hay aprendizaje.
Aprender sin dar lecciones
No hay discursos.
No hay moraleja explícita.
Pero pasan cosas importantes:
- Se comparten referencias.
- Se construye gusto.
- Se normaliza la diferencia.
- Se aprende a convivir con ella.
La música actúa como mediadora.
No confronta, no impone, no corrige.
Acompaña.
La IA también cabe aquí
En casa hay instrumentos, cacharros y ahora también herramientas de IA para jugar con música.
Suno incluido.
No como sustituto.
Como juguete creativo.
Una forma más de explorar, de probar, de reírse del resultado.
De entender que la tecnología amplifica, pero no reemplaza lo que ocurre cuando compartimos algo de verdad.
Afinando
Quizá por eso el coche se ha convertido en una especie de sala de ensayo.
No porque todo suene perfecto.
Sino porque ahí se practica algo importante:
escuchar,
esperar,
respetar turnos,
afinar juntos.
Sin darnos demasiada cuenta.
Y a veces —solo a veces—
la canción encaja.
Y el trayecto se hace corto.